martes, 9 de diciembre de 2025

 

El tiempo


El pasado conmina
a dejar atrás los datos
que empobrecen el caminar.
Identificar el germen de la parsimonia
y delimitar lo hallado es imperioso.
 
El temor a nacer muerto de nuevo 
le conmina a quedarse 
en el apartamento 
donde vive en soledad.
Es su otro vientre 
donde le acompañan
sus libros cibernéticos.
 
Sus escritos y los avatares
de los habitantes del globo terráqueo
le dan fuerzas para resistir el tiempo 
que falta para desencarnar
y habitar un planeta más asequible
a sus tendencias literarias.
 
Agoniza desde el día 
en que nace muerto y de pie.
Se apoya en el verso y sobrevive.
Pegado a la blanca pantalla
transforma en cenizas su destierro
con el quehacer diario
en la exhumación del saber
almacenado en su memoria.


domingo, 30 de noviembre de 2025

 

El desdén


Es un escollo a salvar

con la memoria en el verso.

Tal vez se encuentra

en el tuétano sanguíneo

quizás incrustado en el tercer ojo.

Es el monstruo tragándose al niño

que aún florece en la sangre

y la camisa de fuerza impuesta

por los progenitores.

 

El desdén doblega la voluntad

de hacer un aporte.

Se guarda en una caja fuerte

el mensaje dado a los oídos.

Apropiárselo es hurtar

a quien le pertenece

por mandato extraterrenal.

Los escarmientos por la indiferencia

han sido insuficientes

y alientan el alejamiento

hacia el destino señalado.

 

Quien da la espalda

al talento recibido

vive la soledad trágica

del más cruel traidor derrotado.

La muerte y el olvido

es el sendero plausible

la corona sangrienta

en la cabeza obstruida

por el miedo heredado.

Un réprobo truhan ha de llevar

a quien le es imprescindible

el marma vivificador de su poesía.

Lo puede salvar de este agravio

rastrero y nauseabundo

la valentía agenciada

por sus testículos colgando.



miércoles, 1 de enero de 2014

 
 
 
 
Autora: Ilialice Morales
 
 
 


La mirada
 
 
 
Con la cabeza en su mano izquierda
rememora las vivencias
junto al hombre.
 
El castigo a su cuerpo
y el menosprecio a sus sentimientos
menguaron su amor propio.
 
Las derrotas
frente a ese verdugo
agigantaron el odio almacenado
desde la temprana niñez.
 
Golpeada por quien debía sustentar
sus primeros años de vida
se revela contra su destino.
 
La figura paternal
 compañera en las contiendas
con la victima
sufre la caída decisiva.
 
 La mirada lejana
retrocede en el tiempo
las imágenes
junto a su progenitor
justifican la venganza y el parricidio.
 
 
 
El brazo asesino
 
 
 Entregado a la cadera y al muslo
con la docilidad del cordero 
intenta simular inocencia.
 
La sangre en su mano suscita la duda
deja a la vista de quien observa
el combate interior previo
a la toma de decisiones. 
 
Durante el sueño del hombre
asesta los golpes
cumple la orden dada.
 
El aire habitado carece de regocijo
hay un desvelo sin fin.
Unas voces suplican el desquite.
 
 
 
La presencia de los labios
 
 
Los labios buscan en el vacío
 un roce sin fronteras
el calor del otro.
 
Su mudez pone un cepo
a los pies descalzos
 atrapa el verbo en la garganta.
 
El grosor de su carne
apunta a la vía por andar.
A la secuencia de la ya recorrida.
 
Tropezar con ellos
es visitar el paraíso
antes de vivir en el infierno.
 
 
 
Los orificios de la nariz
 
 
 
El oxigeno fluye
según las palpitaciones.
El veneno se traslada al aire.
 
Sangre limpia recorre el cuerpo.
El arrebato decae
con el sabor de la reparación.
 
Una tormenta se avecina
acarrea gemidos
traslada al viento los pesares.
 
 
 
El gesto de la cabeza
 
 
 
Valida el orgullo
 inclinada hacia el cielo.
El desquite valora su honra.
 
Sabe de las aflicciones venideras
y acosos suscitando la traición.
Invisible es su llanto.
 
En la frente se abre el orificio
el verso emerge con sabia innovadora.
El sabor amargo huye.
 
 
 
Su pelo negro
 
 
 
La noche en su pelo
enuncia los postulados de la ley
 y el encierro de por vida.
 
Los bombardeos de mil voces
y la cruz milenaria
se juntan a la soledad.
 
El desafío al destino
recibe su dote
y el cuerpo su ropaje.
 
 
 
El seno izquierdo
 
 
Dibuja en la imaginación
de quien observa
el doloroso peregrinaje
de la vida conyugal.
 
La imposibilidad de mostrar
el corazón herido
obliga a mantener
el seno al aire.
 
Al rozar la cabeza rememora
la pasión extinguida
las vivencias inadmisibles
  en el olvido.
 
  
El brazo izquierdo
 
 
El apoyo dado a su par
le viene del rencor acumulado
por años de sumisión.
 
Los despotismos
reforzaron la connivencia
filtraron ácido en las venas.
 
Ostenta el tesoro
 desaloja de la memoria
 vejaciones alevosas al ser.
 
 
 

La cabeza decapitada
 
 
 Cada paso por la vida
tiene el sello
del hombre invencible.
 
Héroe inmortal de los tiempos
 guerrero por tradición
déspota degollado.
 
La sed de venganza
satura las arterias
el veneno reclama la muerte.
 
 
El ente creador
 
 
Revela el destino
de quien se le oponga.
Descabezar el animus
refuerza su dominio.
Sus territorios son:
la mente interior
los pasos tambaleantes
la mirada huidiza
el niño abandonado.
 
 
Un cuerpo de luz blanca
 
 
Inicia el viaje sin regreso
en vía opuesta a su verdugo.
En el aire se encuentra
con sus ancestros.
 
Le previenen
de las secuelas resultantes
 por forzar su destino.
Mira hacia abajo
la ve cargando su cabeza.
 
Aun fuera de su alcance
le atemoriza la mirada ausente
sus pies firmes
sobre la sangre vertida en tierra.
 
 


sábado, 24 de agosto de 2013



Cuentos

 


El hombre en la silla

Despierta después de un profundo sueño. Lo último que recuerda es que cuando su mujer le dio a beber un jugo de manzana, comienza a dar el mismo viaje que da por las noches, después de ser derrotado por el cansancio.  En la boca tiene un pedazo de tela que dificulta su respiración. Se encuentra amordazado y amarrado a una silla. Mira instintivamente a su alrededor. En la habitación se nota el mismo orden de siempre. Da una mirada más incisiva, empeñándose en la idea de que un asaltante le había visitado. Corrobora una y otra vez que está bien despierto, que lo que está viviendo es real, que simplemente lo han amarrado a la silla con un propósito inimaginable. Los intentos por deshacerse de las ataduras, sobrepasan la lógica que debería tener a su edad. El ataque al corazón que lo mantuvo hospitalizado por un mes, no le impide cejar en su empeño. Recuerda que su mujer fue muy parca en sus visitas, y sus atenciones fueron mínimas.  Concluye que las circunstancias en las que se encuentra, tienen que haber sido provocadas por ella. Hace unos meses que lo rechaza, lo trata con una inexplicable agresividad, y se ocupa cada vez menos, de su quebrantada salud.

Los movimientos bruscos de lado a lado consiguen multiplicar su orfandad, hiriendo su piel desvencijada. Desiste de tal acción contra sí mismo, cuando escucha que abren la puerta. Sus ojos parecen dos lunas queriendo alumbrar la habitación oscurecida por el encierro. Ve dos cuerpos que se acercan. A medida que su presencia los hace más visibles, reconoce a su mujer acompañada por un desconocido. En el rostro de ambos, la confianza de viejos amantes, la felicidad de los herederos. Contempla sus mutuas miradas, el brillo en sus ojos, y los brazos de él, rodeando su cintura. Le dan la impresión de estar a punto de tener una luna de miel, como si ese encuentro con ellos, fuera de despedida. Frente a sus narices, juntan sus labios para darse un beso prolongado y asesino. Sus cuerpos se mueven al compás de la respiración, y el estrujamiento, da la impresión de querer encolarse. El viejo ve que a través de los labios salen al encuentro sus mutuos instrumentos del habla, iniciando un bailoteo interminable. Las punzadas en su corazón, hacen acto de presencia cuando comienzan a desnudarse como lo hacen los artistas de los clubes nocturnos.

Continúa haciendo lo imposible por salir de aquella silla y vengar la afrenta. Su indefensión le obliga a mantenerse observándolos con un llanto que lo descuartiza por dentro y destroza lo poco que queda de su niño interior. En el lecho conyugal que tantos ratos felices había pasado junto a ella, ve a los amantes dar riendas sueltas al acto criminal. La presencia del marido los lleva muy cerca del límite del deseo y el éxtasis; imposible de lograr para ellos, bajo condiciones normales. El furor de sus cuerpos crece cada vez que miran hacia la silla, y ven al viejo agonizando de rabia, y, sin poder emitir un grito que aminore el sentimiento de odio que lo carcome por dentro. Los amantes, sin fijarse ya en el viejo, emiten quejidos de placer cada vez más continuos y ensordecedores. El hombre en la silla contempla bañado en lágrimas la espantosa escena.

El dolor en su pecho supera el sufrimiento de la traición, ya no sabe donde se encuentra, y la escena se pierde de su vista. La mujer, exhausta y desahogada, al fijarse en su marido, salta de la cama, se acerca y contempla al hombre con el que ha vivido por espacio de 10 años. No tenía hijos ni familiares cercanos y sabe que es la única heredera del viejo. Así reza el testamento que ella logra con estratagemas y tratos especiales.  
El hombre en la silla ve a su mujer sacudiendo su cuerpo, ve su mirada de odio y sus lágrimas de alegría. La ve sacar a su amante del cuarto después de obligarlo a vestirse. Y vuelve él, a mirar su cuerpo inmóvil con la cabeza descansando sobre la parte izquierda de la cavidad torácica. Ve a su mujer paralizada en medio de la habitación, con la sonrisa más hermosa que jamás le había visto. Y agradeciendo la solidaridad de las fuerzas del cielo, continúa su ascenso a través de las nubes. 



 El perdón rechazado

Durante el sueño, sale de su cuerpo y se eleva con suma lentitud pegado a una pared de cemento, su nariz roza ese muro despintado y mugriento. Mientras siente el placer del ascenso, recuerda que al acostarse a dormir durante la noche, le había pedido al señor que lo dejara morir. Mientras asciende pronuncia las palabras condenatorias: perdóname señor. Entonces, en menos de un segundo, vuelve al cuerpo que yace sobre la cama, y despierta con más deseos de vivir.  



La pesca


Muy pensativo, contempla el mar que lo rodea. Se atormenta con las imágenes abordando su cerebro, requiriendo de su sabiduría como navegante. Las olas besan el armazón medio destartalado por los años. La barca se balancea con la misma calma que el viento juega con ella; obedeciendo al peso que lleva, y a los años surcando esas aguas impredecibles. En la mente del hombre, habitan imágenes tan arrugadas como años vividos junto al medio que le da sustento. Lo invade un conflicto bélico interior, azuzado por el afán de permanecer sin nadie a su lado.
Contempla el fondo lúgubre en sus adentros, recobra las imágenes perdidas en la memoria desde antes de nacer. Carga con la muerte en sus espaldas por décadas. Escucha con más claridad las voces a su alrededor y desaparece la sombra que lo ha amenazado desde el vientre.
Flotando en ese mar, la barcaza y el pescador, duermen alejados de los temblores del mundo cotidiano; la pesca se hace abundante con las manos como redes sobre el teclado; las imágenes se suceden como en un círculo armónico de un tono menor; y la palabra, pierde su incansable mudez.      




El viudo



Camina por la acera sin interesarse por los pocos bares que encuentra en su recorrido. Con su capa se protege del agua contaminada que suelen escupir las nubes para deshacerse del veneno que sube desde abajo. A esa hora, la luna juguetea con su rostro y espanta sus guerreros antes de que su cabeza comience a descansar sobre la almohada.

La soledad le obliga a buscar un refugio donde gastar las horas, en ese viernes donde la fatiga desaparece en los bares. Vaga por las calles de pocos alumbrados, evitando así, los ojos de los curiosos sobre su rostro triste y envejecido. "La mirada ajena multiplica los males que se padecen", le decía a su mujer.

Se detiene frente a la avenida que conoce muy bien sin el miedo invadiendo sus vísceras; con el pecho adolorido al recordar el accidente que le había costado la vida a su mujer; sin el permiso de los dioses a los que recurre diariamente; con los pies bien firmes sobre el cemento, mirando a todos lados con una angustia irreconocible, y, con un susurro ininteligible en el oído izquierdo.

Sabe que los conductores nocturnos continúan su rumbo con el instinto de conservación gobernando el pie sobre el acelerador, si un peatón suicida osa cruzar la carretera a esa hora de la noche. Los continuos asaltos y asesinatos a camioneros el día viernes de cobro, los obligan a defenderse.

Hubo un caso donde uno de los asaltantes se acuesta sobre el pavimento confiando en el sentido de humanidad del conductor. Cuando éste se detiene, los compinches de ese hombre corrompido por el vicio, completan el asalto, y lo dejan sin vida sobre esa pieza redonda que junto a unos brazos fuertes, tiene el poder de girar las pesadas ruedas del camion.

Comienza a dar el viaje transversal a través de la vía pública. La imagen de su esposa le llega nítida y transparente; sin los atavíos terrenales que impone la moda; sin la mirada de reproche mientras trabajaba como esclava en la casa y sin el llanto en las noches de abstinencia. 


Su rostro se llena de lágrimas, su caminar se vuelve lento; ve que la carretera, los bares, el alumbrado venido a menos en los postes, los zafacones, las paradas de guaguas y, las luces de transito, giran alrededor de su cuerpo. No siente el trepidar de ningún motor, ni la bocina de auto alguno. La oscuridad, que tantas veces le había dado su apoyo, ahora se vuelve contra él, impidiéndole ver un hoyo en medio del asfalto. Su pierna derecha se hunde hasta el tobillo y cae de bruces.

El golpe en la cabeza lo deja inconsciente, y, comienza a viajar por el túnel mentado en las tertulias de domingo; ve luces blanquecinas en la salida, y, un rostro conocido.

Los borrachos del bar a donde este hombre acorralado por el tiempo se dirigía, salen corriendo cuando escuchan la bocina insistente de un enorme camión. El conductor se debate en el peor dilema de su vida. Como carecía del tiempo necesario para tomar la decisión que impidiera escoger entre él y el peatón, continúa su camino impertérrito, rematando así, a quién creía un asaltante peligroso.

Se pierde en la espesura de la noche a toda velocidad. Con una sonrisa amarga en los labios, con los vasos sanguíneos atiborrados de alcohol y otras sustancias, murmura la frase lapidaria: "la próxima vez vete a asaltar a tu madre, cabrón".
 
En la funeraria acompañan al afortunado, los habitantes nocturnos de aquel bar, y algunos vecinos que conocían al matrimonio. Frente al cadáver, los más sensitivos y creyentes advierten una presencia. Sus pelos de punta impiden cualquier reacción, y perciben fuera de toda duda, que con una sonrisa a flor de piel, la pareja observa la escena. 




Dulce venganza

 
Al escuchar los golpes sale del cuarto con la calma que impone los años vividos. Abre la puerta de entrada, ve su rostro sonriente y carcomido por el tiempo. Los reflejos del hombre, aún alertas, impidieron el portazo. Estuvo a pocos centímetros de recibir el impacto.

Continúa tocando con sus nudillos avejentados, pero aun fuertes y resistentes. La voz de adentro emite un sonido gutural indescifrable que revela un odio feroz y enfermizo. Como el recién llegado insiste en pasar, y dar las explicaciones de rigor,  se dirige presurosa a la cocina.

El cuchillo de acero, largo y puntiagudo, se encuentra en su lugar. Nunca le ha dado uso. Lo toma en sus manos y se dirige con decisión inquebrantable a la puerta de entrada. Abre a medias y mira al recién llegado con lástima.

Había rogado a todos los cielos que la sed de venganza desapareciera de su corazón. Pero la espera había sido muy larga. Él resplandece de felicidad al verla nuevamente. Piensa que se ha arrepentido de haberle cerrado la puerta en la cara. La alegría nubla sus ojos y no puede ver lo que ella esconde en el bolsillo del delantal.

Se lanza a sus brazos, lo aprieta con la fuerza que se requiere para que nadie se escape. Saca sigilosamente el cuchillo, mientras él, la besa con la misma sed con la que lo hizo la primera vez. Pero ya era muy tarde. La sed de ella era otra.

Su pasión por el visitante había demolido sus huesos, alejado a sus hijos de ella, y los demás familiares se convirtieron en sus enemigos; se había quedado en la ruina económica; pierde su trabajo tras el golpe de la ausencia; y se ve obligada a trabajar de sirvienta en diferentes hogares de gente pudiente y cruel.

En todos esos años de abandono decide acumular rencores en espera del momento, aún así, le da la oportunidad de que se salve alejandose ella.
Arrodillada ante el cuerpo bañado en la sangre que una vez fue suya, deposita en la frente del hombre de su vida, el beso que no pudo darle antes de que recogiera sus bártulos, y se escapara para siempre con su mejor amiga.
 



El encuentro


Herminio, irrumpe de golpe en su apartamento al escuchar la tele desde el pasillo del piso donde vive. Encuentra a una mujer y un hombre viendo una película con la tranquilidad y el sosiego de estar en su propia casa.

Herminio piensa que ha invadido un apartamento que no es el suyo, pero los muebles, los cuadros en las paredes y su biblioteca, le sacan del letargo momentáneo. Los aparecidos, que son de carne y hueso, permanecen sentados uno junto al otro en el sofá.

La actitud impasible de la pareja ante su presencia, incrementa la perplejidad de Herminio, que no sabe qué medidas tomar. Sus miradas aparentan estar conectadas electrónicamente al televisor y dan la impresión inequívoca de ser inofensivos.

La idea de pensar cómo pudieron llegar hasta su apartamento, le impele a tomar medidas drásticas. Cuando decide salir y llamar a la policía, dirige involuntariamente la mirada hacia la pantalla chica y nota que la película que los tiene atrapados, es la misma que dejó de ver en la casa de un amigo, antes de regresar a su hogar.

Es un hombre con los pies firmes sobre la tierra y no cree en esas cosas, pero la coincidencia, la sorpresa y la sensación de no sentirse amenazado, le obligan a sentarse junto a ellos.

Sin mirarlos ni dirigirles la palabra, continua viendo la historia de un hombre y una mujer que se reencuentran a través del tiempo en otra vida. Las miradas de ambos son las de viejos conocidos. Ella, se acerca a él, con la alegría del encuentro esperado por siglos. Él se queda esperando junto al árbol milenario del parque donde se da la escena. El abrazo eterno se da, sin la duda amortiguando el devenir previsto por los Dioses.
Ese final pudo haberlo visto en casa de su amigo, pero su incredulidad y el destino, le tenían preparada la jugada perfecta.

Herminio sin poder respirar, mira de reojo a la mujer en el sofá. Ella le mira muy sonrojada y los latidos de su pecho, anuncian el fin de una angustiosa búsqueda que le había tomado muchos años de su vida.

El hombre sentado en medio de ambos, observa detenidamente sus miradas, y siente casi a flor de piel, los latidos de sus corazones. Sin pizca de celos, ni palabras, se pone de pie, y sale del apartamento.


El amanecer irrumpe en sus vidas con las dádivas que la naturaleza impone. Los impulsos en sus vértebras, no muestran indicios de manifestarse. Inmóviles sus cuerpos, solo pueden en ese instante, rememorar sus vidas actuales y las previas: cánticos sin voces penetran sus oídos, olores desconocidos inundan la mancha amarilla, y un frío en la piel va desatando un volcán dormido.

Ella vierte su alma en la sonrisa de niña descubierta; él viaja a sus huesos buscando el niño abandonado; ella es la memoria recuperada, y él, los antojos de la adolescencia; él dulcifica sus labios con sus besos, y ella, con sus manos desmantela las escamas incrustadas en esa piel dura y seca; ella permuta su libertad por el sosiego, y él, surge desde las profundidades de un océano con las manos llenas; ella vierte su sangre arterial en el ventrículo izquierdo de él, y él, multiplica su mansedumbre ante los ojos que lo desnudan; ella reina en los altares frente a los que él se arrodilla, y él, destapa los oídos de ella con sus versos; ella desentierra la infamia perdida en su memoria, y él, le desamarra los nudos con las manos puestas en su pecho; ella vierte su miel en el rostro de ese hombre carcomido por el tiempo perdido, y él, le calma la sed de siglos besando sus labios con la ternura del niño que aun lo habita.

Con sus brazos rodeando sus cuerpos y la mudez arrollándolos, beben de sus propias lágrimas como sediento en medio del desierto. Vuelven a la realidad, cuando a través del aparato se anuncia la continuación del programa: “Desde el más allá”. Habían anunciado desde hace unos días, que después de la película, se iba a dar un encuentro similar en una filmación hecha especialmente para esa transmisión.

Ella pone su atención en los sucesos que ocurren en la tele, y él, la sigue en esa aventura con la docilidad del cordero. Mediante una vista aérea, las imágenes a todo color muestran la cima de una montaña. Y a medida que la cámara va enfocando, se puede notar una pareja abrazándose tan fuerte, como si intentaran encolarse y fundir sus cuerpos en uno. Se pregunta el animador: ¿cómo llegaron hasta ahí para encontrarse? ¿qué fuerza los impulsa a arriesgar sus vidas para tener una experiencia tan común?

Desde esa cima se puede tocar las blancas nubes que los rodean. Y detrás de esos espesos contornos formados por aire condensado, unos ojos contemplan los pormenores del encuentro. Y la brisa cómplice penetra por los recovecos de cada piel, impidiendo la incineración. Y allí, en aquel paraíso terrenal, sus cuerpos unidos por sus almas, se preparan para multiplicar su especie hasta desfallecer, y resurgir con más vida. 

“Escalaron la montaña solos, continúa el animador, ella por el norte, y él por el sur; impulsados ambos, por la tiranía de una fuerza superior y, sin importarles perder sus vidas. “Al amanecer de ese día, ambos estaban en la orilla de ese monte escarpado”. “Rodearlo para encontrar el lugar idóneo por donde comenzar el ascenso, era lo lógico”. “Pero la lógica los había llevado a cometer demasiados actos fallidos en anteriores búsquedas”. “Y como el amor no tiene lógica, tampoco la deben tener las acciones previas al gran encuentro”. Y con un tono lúgubre añade: “el amor y la locura andan siempre de la mano; los cuerdos no aman; la cordura en estas lides es alienación, vértigo perenne, suicidio perpetuo; el cuerdo mata el espíritu que lo habita, es el peor de los asesinos”.

La noche antes de ese encuentro, habían tenido un sueño tan claro e inolvidable, que les había revelado esos mismos pensamientos. Se quedan petrificados ante la coincidencia. Y mirando al televidente remata este señor de amplia experiencia en estos temas, con la interrogante final: ¿has tenido un encuentro así? “Pues si aun no has pasado por una vivencia similar, no has amado”.

Después de ver las escenas en la tele y escuchar la sentencia, y, sin la prisa que contamina el hallazgo, comienzan a dar riendas sueltas a los ímpetus biológicos de los que padecen. Y en ese recinto que les sirve de nido de amor, se multiplican los panes en cada abrazo; en cada beso, gérmenes inofensivos hacen estragos en aquellas gargantas debilitadas por el llanto y los ruegos al altísimo. Ambos celebraban que los equívocos que anteceden al encuentro definitivo, único, esperado y señalado por cada dedo índice de los entes invisibles que gobiernan lo terrenal, habían llegado a su fin. 

Pero la vida tiene misterios insondables que asesinan cualquier certeza y confunden al más racional de los seres. Y mientras sus cuerpos desnudos se acercan más a sus almas, tocan a la puerta con golpes más insistentes cada vez. La voz temblorosa de la vecina resuena en las sienes de los amantes como un trepidar de tambores, como si la hoguera, lista ya, reclamara los condenados. Y en ese ir y venir de ambos sobre la alfombra, el tiempo detenido recobra su lucidez, su afán de ganancia y pérdida. La insistencia de los nudillos sobre la puerta, les obliga a detener las hostilidades de los cuerpos que se agreden con afán aniquilador y prepotente. Y la sustancia hormonal queda atrapada en el camino, y la energía a punto de salir por cada poro, se diluye en el torrente sanguíneo de cada cual. 

Se separan con la rabia y la zozobra presagiando el devenir, se visten a toda prisa, mientras los nudillos a punto de sangrar, continúan estrellándose sobre la madera tallada por artesanos expertos. Se dirige a la puerta con los pantalones cayéndose de la cintura, y sin camisa. Por un instante pasa por su mente, que se toparía con el marido de la mujer que lo había virado al revés, pero la voz de la vecina nombrándolo, lo tranquiliza nuevamente. Tal vez, lo llamaba para devolver la aspiradora que había tomado prestada el día antes.

La ingenuidad lo empuja a no ser diligente. Y el que debió morir ya estaba lejos. Media hora después, el apartamento estaba ocupado por la policía y por la vecina con un fuerte ataque de nervios. Dos camillas ensangrentadas van en la ambulancia, que marcha con destino al hospital para las correspondientes autopsias. Mientras que en el auto policial dos guardias con su vestimenta reglamentaria, van acompañados por un hombre esposado y vestido con igual uniforme. Y en la cintura de ese hombre molido por la traición, la baqueta vacía.   


Desde una de las mesas ubicadas en el exterior de una cafetería, Carlos, contempla el vacío. Aunque el lugar está abarrotado de público, es incapaz de fijarse en algún objeto o persona. Siente las garras del abandono bajando su autoestima del alto sitial donde la habían colocado sus experiencias con féminas. Aunque carece del sentido de pertenencia cuando se trata de alguna mujer con la que comparte intimidades, el recuerdo de María lo confronta con sentimientos superados hasta entonces. Al marcharse, le fue fiel a sus principios de libertad individual, tanto los de él, como los de ella; pero tal vez, la fuerza de la tradición dentro del patriarcado, le estaba triturando los huesos; su orgullo de hombre le estaba jugando sucio, revolviéndole las tripas, nublando su entendimiento. 

Carlos recuerda que María lo lleva hasta ese apartamento para buscar una ropa que su hermana le había pedido prestada. Y lo obliga a usar sus conocimientos de cerrajero experto para abrir la puerta, con la excusa de que necesitaba ese ajuar para una reunión urgente en su trabajo. Le asegura que su hermana era incapaz de denunciarla por entrar a su propiedad de esa manera. Cuando al fin logra abrir la cerradura con sus herramientas, María, en vez de ir a la habitación para buscar la ropa, lo invita a sentarse junto a ella para ver el programa: “Desde el más allá”.

Ella vivía tres pisos más arriba, y no podía olvidarse del dueño de ese apartamento desde que lo ve por primera vez entrando al edificio. Se hallaba en ese tiempo empeñada en encontrar su pareja predestinada. En esos días, invertía mucho tiempo en leer los libros sobre la reencarnación, que había comprado durante la serie de conferencias a las que asistió. Y como sentía una compulsión enfermiza de tener experiencias sexuales en lugares poco convencionales y que entrañaran cierto peligro, ardía en deseos de tener en ese apartamento, la que sin ella imaginárselo, iba a ser la última. 

Carlos y María, se habían apareado como bestias, un lunes por la noche subiendo hasta el piso 29 en un ascensor defectuoso de un edificio de oficinas; debajo de un viejo puente, mientras sentían enormes camiones pasando sobre sus cabezas; en una cueva donde frecuentaban murciélagos; trepados en una rama de una vieja encina, y, en otros lugares que da asco mencionar. Habían planificado hacerlo en el baño de un avión, con el temor infundado de que el escarceo provocara que se precipitase a tierra, y, mientras algunos pasajeros protestaran apurados por darle al cuerpo un desahogo.

Pero el lugar que implicaba verdadero peligro, y donde más se veían, era el apartamento donde ella vivía, y donde recibía la visita de quien se convierte en su asesino. Carlos sale de aquel apartamento movido por las coincidencias entre el programa televisivo, la aparición de aquel hombre y la reacción de ambos ante el encuentro. Cuando considera que María le había mentido al notar al recién llegado sentarse junto a ellos, ya era tarde para reaccionar, y, decide esperar la sucesión de eventos que ocurrieron después.
El programa los mantuvo pegados al televisor sin que mediara ninguna protesta del recién llegado. Carlos sale del apartamento convencido de que María lo había usado para forzar el encuentro con aquél hombre. Además, con su salida, pretende salvarse de ser acusado de invasión de morada. 

Al volver a la realidad, decide leer el periódico con la taza de café en su mano izquierda. En primera plana, con letras en rojo y agrandadas, aparece la noticia del crimen. Sabe que ella recibía la visita del policía en su apartamento, y se pregunta cómo éste fue a parar al domicilio del hombre que murió junto a ella. Carlos se entera mientras lee la noticia, que una vecina del dueño del apartamento donde ocurrieron los hechos, era familia del asesino; que al darse cuenta que estaban tratando de abrir la puerta, ve que se trataba de María con otro hombre, y, llama inmediatamente a su primo.

Según la noticia, ella tenía bien claro que el hijo de su tía predilecta, no era un hombre violento; que al enterarse de la traición, se limitaría a abandonar a su compañera consensual, y por el agradecimiento mezclado con el despecho y la soledad, se amancebaría con ella. Lo amaba en secreto desde su adolescencia, y anhelaba aprovechar esta oportunidad que la vida le estaba ofreciendo, según dijo, en medio de un baño de lágrimas.

Mientras rebusca con desesperación en las otras hojas del periódico para encontrar más información sobre la noticia, una voz conocida lo saca del apuro. Al girar su rostro, ve a la mujer con la que había tenido una especial amistad hace varios años. Le sonríe con cierta dificultad, aun así, el sentimiento de culpa no le impide a este hombre aventurero, sentirse aliviado por la aparición de Josefina. Y como la vida sigue, el bello en todo su cuerpo se levanta como soldado haciendo guardia durante la noche. 

Con la soltura que le dan los momentos vividos junto a él, le dice que las oficinas de su abogada se encuentran muy cerca, y acostumbra tomarse un café en ese lugar después de la entrevista. La rabia inunda su pecho cuando le cuenta a Carlos, que al llegar a su apartamento mucho antes de la hora acostumbrada, encuentra a su marido metido en la cama con una vecina que se había mudado recientemente para el mismo piso. 

Mientras Josefina le revela los intríngulis de la historia, Carlos, recuerda que ella trabajaba como oficinista en la sala de emergencia del hospital donde fue a atenderse por un dolor de pecho. Ese día, fue a curar su corazón que creía enfermo, y allí en aquel hospital, comienza a perderlo por el impacto de aquella sonrisa, por la caricia de aquella voz que le parecía un susurro, y, por aquel cuerpo que la vestimenta no podía ocultar. Sus ojos se llenaron hasta el tope, mientras ella escribía su información personal, antes y después que el médico le da el alta, y, cuando se levantaba de su asiento de vez en vez, para otros menesteres propios de sus funciones. 

Josefina y Carlos, continúan conversando en torno a sus vidas antes y después que se conocieron. Y tras un breve intercambio donde recuerdan los momentos de intenso placer que pasaron juntos, y, sin los prejuicios retrasando un nuevo encuentro, acuerdan pasar el resto del día en un hotel cercano al lugar. Carlos se olvida de María, del crimen, de que estuvo a punto de perder la vida, y, decide ir en pos de una vieja aventura que lo reafirme como hombre y, le cure el desaliento del momento. 

Al llegar a la habitación, descartan los preámbulos y, se entregan al ardor de las pasiones inconclusas. El olvido, ese benefactor incorregible, permite que el junte de la piel de ambos genere una corriente eléctrica suficiente para matar a un toro. Embrutecidos por la faena; acorralados por el fervor casi religioso de los cuerpos; amordazados por la falta de aire; con quejidos que estremecen las paredes; hundido él en el cuerpo de ella; abarrotada ella de las embestidas de él; sin los prejuicios reductores del éxtasis; sin el colorido de las formas del protocolo y, sabiendo que algún día debían morir, se afanan por convertir en eterno, aquel momento prodigioso. 

Mientras Josefina mata sus desventuras con el hombre que desintegra el pellejo de los otros en su piel, Carlos, se va desgastando poco a poco. Presiente el advenimiento de un largo viaje, a sus oídos llega un trepidar de campanas, y el olor de las flores inunda sus fosas nasales. El cardiólogo se había equivocado. El cansancio por haber permanecido de guardia por dos noches consecutivas sin poder dormir suficiente, le había impedido ver el electrocardiograma de Carlos, en toda su magnitud reveladora. 

Josefina trata de quitárselo de encima, pero sus brazos la rodean por detrás de la espalda y los hombros con una fuerza descomunal. Las piernas de él, la amarran por detrás de las de ella, como si hubiera querido evitar la huida. Al fin, después de un angustioso forcejeo, logra desprenderse de ese cuerpo inmóvil, pesado y trinco. 

Frente a la cama, lo contempla aterrada. La angustia de ser una asesina derrite sus huesos, devora el amor por el azar, acorrala su raciocinio. Logra a duras penas recuperarse del impacto, y con una leve esperanza traída por los pelos, corre hacia el celular y llama una ambulancia.



El cuadro roto



En sus manos, el cuadro de su hija vertiendo en su sangre el escozor del tiempo perdido en encuadrarla dentro de sus sueños. El cuadro alumbra más en cada segundo que pasa mirándolo. La lluvia del pecho recorre sus mejillas mientras su mano izquierda va soltando el marco que rodea la pintura. Mira hacia la cocina desde la sala de su casa y recuerda que en la nevera guarda la indumentaria íntima de su hija. Se dirige presurosa al refrigerador, y la encuentra intacta bajo una capa de hielo, mientras el cuadro cae al duro suelo. Lo recoge espantada por la rotura del marco plástico que le daba cobijo. La pintura arrugada por el accidente, muestra aún, el erotismo salvaje entre una pareja de novios. En un estado emocional agónico, presiente el huracán arrollando el sembradío que tanto trabajo le había costado. Unas voces invaden sus oídos que se han mantenido sordos al paso del tiempo. Comprende que su criatura percibe en la imagen que el pincel dibujara, el devenir pautado por las fuerzas que gobiernan el universo.
Las manos arrugadas de la mujer, imposibilitadas de continuar tallando la imagen preconcebida, dejan caer el cuadro nuevamente, pero esta vez, sobre la mesa del comedor.