Desde la medula ósea roja.
Deja la dicha ir
al alto mástil.
Ten piedad de ti.
al alto mástil.
Ten piedad de ti.
Urge a la voz
castrar el desaliento
Urge renacer.
Irrumpe el viento
y las olas cansadas
besan la orilla.
Mutuo el sostén.
Van de la mano siempre.
El hueco y el vaso.
El bosque umbrío
esconde los caminos.
Silban los ríos.
Da de los huesos
el nutriente dormido.
Y oxigenado.
La vida pongo
en la palabra escrita.
Limpio mis venas.
Podar el alma
con el verso sangrando.
Mata el deseo.
Después del viernes
guardo los huesos rotos
en los bolsillos.
Espejo roto.
La boca abierta y muda.
Esconde el rostro.
A cielo raso
vive quien muere a diario.
Vencido y preso.
Tierra baldía
donde siembro la voz.
Se pierde el fruto.
Come y no josa.
Arrojado al chiquero
el cerdo muere.
Sobre el teclado
unas manos atacan.
Con la hoz podan.
Una luz verde
penetra por los ojos.
La venda arranca.
Un corazón
sale del pecho atado.
A contra tiempo.
Con dientes rotos
evita la caída.
Sonríe al prójimo.
Alguien se acerca
con el arma en la mano.
Dispara y reza.
Un elefante
pisa tierra desierta.
Mala memoria.
Lago formado
por el agua del grifo.
Charco seguro.
Vacía el arca.
Arrecia el aguacero.
Nadie aparece.
Un canto muere.
Un corazón se trunca.
La voz se apaga.
El aire falta.
La sangre se detiene.
Alumbra muerte.
Con sed mi boca
busca el manantial seco.
Emerge el agua.